De qué están hechos los cuadros (relato)

(Escrito en 2014. Ganador del XIX Concurso Literario Manuel Bretón de los Herreros. Categoría: mejor relato riojano, modalidad adultos)

 

El cielo parecía una sábana de seda del azul más puro que la primavera hubiera visto desde que había llegado. Decorando la bóveda sobre las cabezas de los habitantes y sobre los edificios, blancas nubes parecían danzar llevadas por el viento. Sin embargo, el buen aspecto de Barcelona se veía enturbiado por los vagabundos. Pasando un mayo sin techo, mendigos desesperados por unos céntimos trataban de aferrarse a la esperanza. Comedores sociales, iniciativas solidarias, gente concienciada… y lo de siempre: basura reutilizable, alimentos aún comestibles y cartón.

Los vagabundos de esta parte de Barcelona no eran malvados cumpliendo castigo; no eran malhechores, ladrones ni drogadictos. Había un empresario, un profesor, una pareja de acróbatas y un pintor. Paseaban por entre el gentío y cada uno tenía su sitio en el que sentarse a pedir algo de caridad. Cada uno usaba sus propias tácticas para intentar conseguir algo de comer antes de que el sol se pusiera tras el horizonte, y solo a uno de ellos se le cayeron los pinceles contra el suelo.

Beatriz lo vio y rápidamente se acercó para cogerlos y dárselos. Quizá una chica como ella no hubiera dado la impresión de ser alguien humilde. Bien vestida, bien peinada, bien maquillada, portando una carpeta negra; la psicóloga parecía ser la típica niña mimada. Y lo era, pero también sabía modales.

—No se preocupe. Puedo yo, tranquila.

—No es molestia. Deje que lo ayude.

Sus miradas se cruzaron cuando la chica de los rizos dorados le tendió al pintor sus utensilios. Miguel se lo agradeció y huyó de allí como quien acaba de cometer un asesinato y se aleja de la zona del crimen. Se escabulló entre el gentío, pero olvidó algo: su recuerdo.

Beatriz lo buscó por las calles empedradas y los callejones olvidados. Lo buscó durante los eternos meses de verano y solo encontró su reminiscencia. Nada tangible, todo mental, pero tan real que le escocía la nostalgia como una inyección de ponzoña devorando sus venas con avidez.

Sin embargo, a la psicóloga se le escapaba algo: Miguel vivía en la calle.

Se había querido dedicar a una profesión arriesgada. Ser pintor era un sueño delicado en un mundo demasiado ocupado en relojes y puntualidad; casi nadie posee el don de poder pararse ante la obra de un artista y simplemente contemplar. Por eso Miguel apenas conseguía dinero a pesar de que todos los días exponía varios de sus lienzos en las Ramblas. Por eso, aunque ofrecía retratos en el momento a cambio de unos euros, ni el trabajo más duro le permitía dormir en un sitio cubierto. Sin familia, sin más amigos que sus materiales de pintura, Miguel encontraba su único cobijo en las calles de una Barcelona mucho más centrada en otros placeres que en el arte.

A Beatriz no se le pasó por la cabeza que pudiera ser un mendigo, sino que se paseó por exposiciones, salones de arte, conferencias de pintura… No tuvo la idea de acudir al sitio al que están destinados demasiados artistas hoy en día: la calle.

 

La llegada del otoño trajo consigo más pacientes a la consulta de Beatriz. Maridos divorciados, adolescentes frustrados, mujeres arruinadas por culpa de cánones de belleza…

—No entiendo por qué no me pueden dejar vivir a mi aire.

—Porque quieren protegerte, Javier.

—¿Tan mal lo hago? ¿Tan mal me porto? Joder, ya soy mayor de edad. Ya no soy su responsabilidad.

Beatriz observó a aquel pelirrojo de mirada perdida con una sonrisa manchada de ironía. Era difícil lidiar con personas como él, pero a la terapeuta aún no se le había resistido ningún paciente.

—Serás su responsabilidad siempre, incluso cuando tengas cincuenta años.

—Qué puta manía con controlar todo tenéis siempre los jodidos adultos.

Beatriz prefería dejar que él hablara, que se desahogara. Lo miró con las cejas alzadas como invitándole a continuar, y no mencionó nada sobre su lenguaje. Javier tomó una larga bocanada de aire mientras cerraba los ojos: en el fondo sabía que debía controlar su genio. Al fin y al cabo, Beatriz le quería ayudar, o eso se suponía, así que cuando notó que se había calmado prosiguió con su discurso:

—Pretenden decidir mi futuro, no me dejan estudiar lo que yo quiero porque dicen que no tiene salidas. Que malviviré, porque ni en España ni en prácticamente ningún país tendré las oportunidades necesarias. Dicen que ya se lo agradeceré «en un futuro». —Gesticuló las comillas con sus dedos e hizo un mohín—. En un futuro. No he visto frase más estúpida nunca. Si de verdad les importara mi futuro se preocuparían porque fuera feliz. ¿En serio piensan que cortarme las alas me hará feliz?

—Tampoco te hará feliz estar arruinado.

—Prefiero ser pobre pero tener personalidad y principios que vivir a base del dinero sucio que saque de un trabajo que detesto. ¿Tú querías ser psicóloga cuando eras pequeña?

Beatriz asintió con una sonrisa. Un destello de orgullo iluminó sus ojos un momento: ese orgullo con el que observan el mundo las personas que han cumplido sus sueños.

—¿Y por qué yo no puedo ser pintor? —continuó Javier.

Algo reflejó el rostro de la psicóloga que hizo que su paciente se sonrojara y se removiera un poco en el diván.

—Pintor —repitió ella con un asentimiento.

El paciente no comprendía qué ocurría, y lo primero que pasó por su mente de adolescente fue una palabra: «fetiche». Quizá Beatriz tenía alguna clase de obsesión y se sentía irremediablemente atraída por pintores. Se sorprendió a sí mismo saboreando aquella deliciosa posibilidad. No tenía la menor idea acerca de la edad ni de la situación sentimental de su terapeuta, pero tras varias sesiones viéndola había descubierto que le resultaba muy atractiva.

Beatriz leyó con habilidad aquellos pensamientos en la expresión de Javier y se apresuró a volver al tema central. Sin embargo, el resto de aquella sesión estuvo marcado por una incómoda tensión.

Cuando la cita finalizó, Javier se tomó la libertad de despedirse de forma demasiado caballeresca. Aquello hizo palidecer a Beatriz y pronunciar unas torpes palabras, con el bochorno bloqueando cualquier resquicio de elocuencia en su cerebro.

Javier se marchó y Beatriz se sumergió una vez más en los escasos recuerdos que tenía de Miguel. No imaginaba que en menos tiempo del que creía volvería a verlo.

En el fondo, sabía que era extraño, por no decir enfermizo, pensar tanto en un hombre del que no conocía nada. Se había aferrado a los únicos datos que tenía sobre él: la pintura y el aspecto físico de aquel chico. Ni siquiera estaba segura de si sería o no pintor, por lo que el ámbito de búsqueda se ampliaba aún más. Estaba perdida y su parte racional lo sabía, pero su parte irracional, la que creía en el amor a primera vista y en los príncipes azules, prefería seguir buscando a Miguel. Se fijaba en cada esquina por si lo veía aparecer, en cada calle aminoraba el paso por si lo encontraba… pero de nuevo su desconocimiento le hizo dar pasos en falso.

Dio con él, ya cuando el frío de noviembre arañaba la ciudad, en la cama de un hospital.

Mientras paseaba entre los pasillos de aquel edificio, rumbo a la salida, oyó una voz que solo había escuchado una vez antes. Sus pensamientos, que hasta ahora habían estado centrados en los resultados que acababan de darle de una analítica (y que fueron bastante aceptables), se disiparon y Beatriz se quedó en blanco ante el sonido de la voz del pintor.

Estaba segura de que lo reconocería cuando lo encontrara, aunque hubieran pasado tantos meses, y no se equivocó. Supo que era Miguel por el brillo de aquellas palabras, como si sus cuerdas vocales fueran acuarelas y el aire, su lienzo. Beatriz, presa de movimientos innatos, se dirigió hacia la habitación desde donde había oído a Miguel hablar.

—Déjeme irme, por favor. Le aseguro que estoy bien. Hace horas que estoy recuperado.

Una enfermera trataba de convencer al paciente de que debía quedarse. Ella comprobaba el suero y las constantes de Miguel, él protestaba y se removía entre las sábanas y Beatriz observaba desde la puerta.

Con un semblante de expresión indescifrable, la joven psicóloga se quedó parada en el umbral cuando los dos ocupantes de esa habitación repararon en su presencia. Un segundo de tenso silencio, y luego la voz de Beatriz:

—Perdón, me he confundido.

Tanto la enfermera como el pintor asintieron, la primera con una sonrisa amable y el segundo con una expresión agridulce. Recordaba a Beatriz y no creía en las casualidades. La terapeuta retrocedió unos pasos, sintiéndose en una mala película americana al pensar que ahora era cuando preparaba un verdadero caos en el pasillo tras chocar con algo. Sin embargo, la realidad era diferente al cine americano: Beatriz se alejó de allí a buen paso, asustada y sintiendo el peso de su mente tambalearse sobre sus hombros.

Dos días después, decidió volver. No sabía si Miguel seguiría allí, por lo que optó por prepararse mentalmente para la imagen de la cama vacía. Afortunadamente para ella, no hicieron falta sus ensayos emocionales: Miguel seguía allí. Era evidente que tenía mejor aspecto.

Cuando Beatriz llamó a la puerta, el pintor la invitó a entrar por pura cortesía, con una sonrisa y un brillo desconfiado en los ojos a modo de bienvenida.

—Hola. Me… —titubeó un poco antes de empezar a aproximarse con cautela a la cama—. Me llamo Beatriz. Te he traído algo.

Sus dedos se extendieron hacia el paciente y le tendieron una pequeña caja. Dentro de ella, un juego de pinceles totalmente nuevo, de una marca con cierto prestigio. Beatriz trató de disimular que estaba temblando y vio atónita que aquel hombre luchaba por contener las lágrimas.

La psicóloga observó cómo los dedos del pintor acariciaban los pinceles. Él no ocultaba su temblor. Intentó articular algo: un agradecimiento, una pregunta, una presentación; pero no fue capaz de decir nada. De sus labios solo salió un tímido suspiro y, entonces, alzó la mirada en busca de los ojos de Beatriz.

En aquel instante, la psicóloga sintió el mundo desaparecer. Aquellos eran los ojos más profundos, vivos y terriblemente tristes que jamás hubiera visto. Se le erizó la piel, se le secó la boca y se le disparó el corazón. Pero ni siquiera se percató de aquellos síntomas porque Miguel había roto a llorar. Guiada de nuevo por un instinto que no sabía que poseía, Beatriz se encontró sentada en el borde de la cama del pintor. Apenas apoyaba su cuerpo en ella, pero sí estaba lo suficientemente cerca para que Miguel se sintiera algo arropado.

Entonces, él por fin habló, en un tono de voz tan bajo que por un momento Beatriz creyó que se lo había imaginado.

—¿Por qué?

La impaciente mirada del pintor la hizo comprender que había pronunciado esas palabras de verdad y sonrió un poco, pues aquella respuesta era fácil:

—Me apetecía.

Miguel arqueó las cejas, dejando claro que no entendía cómo a alguien le podía «apetecer» gastarse alrededor de 50 € en un completo desconocido. Sin embargo, Beatriz continuaba sonriendo.

—No hacía falta que te molestases, yo…

—No es molestia —lo interrumpió la psicóloga, y se encogió de hombros con aire indiferente—. Cuando nos vimos me fijé en tus pinceles y pensé que quizá unos nuevos te irían mejor. No me ha supuesto ningún problema. De lo contrario, no lo habría hecho. —Hizo una pausa para pasarse un mechón de pelo tras la oreja con toda la naturalidad que se puede mostrar en un momento así, y añadió—: ¿Te gustan?

El brillo en los ojos de Miguel dejó claro que el verbo idóneo no era «gustar», sino uno más intenso. Ni siquiera «encantar». Su sentimiento iba mucho más allá. Solo había tenido en sus manos el suficiente dinero para comprar artilugios de pintura al principio de la carrera. Luego, sus fondos habían ido disminuyendo hasta desaparecer. Ahora conseguía óleos, lienzos y pinceles de donde podía: basura y, sobre todo, hurtos.

Pero, por extraño que le resultara al pintor, Beatriz no parecía saber eso.

—Me llamo Miguel, por cierto.

Beatriz asintió y de nuevo sonrió. Parecía tranquila, pero su interior era todo un hervidero de emociones: por fin conocía el nombre de aquel enigmático hombre que se había chocado con ella meses atrás, no solo físicamente, sino de la forma más sentimental que nunca hubiera experimentado.

Pero entonces se dio cuenta de que ya nada la ataba a seguir ahí. Miguel y ella seguían siendo desconocidos, y hacer compañía a un desconocido en el hospital no era algo muy común. Beatriz dedujo que aquel chico tendría familia: padres, hermanos, primos… Sintió un agujero en el pecho al ser consciente de que también podía tener pareja.

El vértigo debió de reflejarse en sus ojos, porque Miguel dejó de acariciar los pelos de uno de sus nuevos pinceles y se la quedó mirando. Su despeinado cabello, negro como el carbón, escondía parte de su rostro. Beatriz recorrió con la mirada los largos mechones y se dio cuenta de que tenía el pelo casi tan largo como ella. Nunca le habían apasionado los hombres con melena, pero no había nada en Miguel que le desagradase.

—¿Qué te ha pasado? —La voz de la psicóloga llenó la habitación de repente.

Miguel se sobresaltó un poco, pero a Beatriz también le sorprendió oírse a sí misma decir eso. Casi estaba segura de que no contestaría cuando la voz del pintor la acarició:

—Hipotermia.

Ella alzó las cejas, confusa. Tampoco hacía tanto frío y su mente no había estudiado todavía la posibilidad de que Miguel tuviera que enfrentarse al otoño desde la calle.

—¿Hipotermia?

Él asintió. Su expresión dejaba claro que no entendía el porqué de la sorpresa de Beatriz, pero su carácter reservado le hizo bajar la mirada y no añadió nada más.

—¿No tienes… calefacción? —murmuró la chica de los rizos dorados como pidiendo perdón.

Aquel tono incitó a Miguel a pensar que la psicóloga estaba intentando reírse de él, así que negó, se incorporó un poco y la miró a los ojos con fijeza.

—Lo siento, si buscas tomarle el pelo a un sintecho puedes irte por donde has venido.

La dureza de su voz hizo que Beatriz se alejara un poco. De repente, Miguel no parecía aquel amable pintor que hasta ahora había visto. Su expresión era fiera, casi salvaje, amenazante. La psicóloga comprendió la realidad y el choque contra el mundo le provocó un suspiro y un bochornoso rubor.

—Lo… lo siento. No lo sabía.

Miguel compuso una mueca que la terapeuta no fue capaz de descifrar. Estaba a caballo entre la ironía, el enfado y la sorpresa. ¿La creería o se había enfadado todavía más? Sus dudas fueron resueltas justo después, el tiempo que el pintor tardó en armarse de valor para gruñir:

—Vete, por favor.

—Miguel, de verdad que… —empezó Beatriz, pero él hizo un gesto con la mano para interrumpirla y el silencio se abrió paso de nuevo entre ellos.

La mujer comenzó a abrocharse el abrigo mientras elegía las palabras para disculparse de nuevo y despedirse de la forma menos dramática posible, pero también quería dejarle claro a Miguel que llevaba meses buscándolo. Sus miradas se encontraron y ella la apartó apresuradamente, aunque pudo observar de soslayo cómo Miguel guardaba los pinceles sin estrenar en su caja y cerraba esta en completo silencio.

Pasados unos segundos, Beatriz comprendió que no podía alargar más aquello y comenzó a caminar hacia la puerta. Miguel se inclinó hacia ella, sin llegar a levantarse.

—Toma los pinceles.

—No, quédatelos. Son para ti.

El pintor fue a rechistar, pero vio mejor idea quedarse callado. Y entonces se dio cuenta de que no quería que Beatriz se fuera. O actuaba muy bien o de verdad no sabía nada sobre su situación económica, y él no quería quedarse de nuevo solo entre aquellas blancas paredes. Todo en el hospital era entre gris y blanco, y hasta el propio edificio parecía estar también enfermo.

No supo si lo estaba imaginando, pero Beatriz oyó cómo el pintor musitaba a media voz un «quédate» que hizo que su corazón danzara eufórico en el interior de su pecho. Unos segundos después, lo volvió a repetir:

—Quédate, Beatriz. Siento haber sido tan grosero… Perdóname.

Ella lo perdonó, y también se quedó.

 

Ya sonaban villancicos en las calles cuando Beatriz lo vio sentado contra una pared, en las Ramblas. Un pequeño coro de una escuela municipal de música interpretaba a unos metros de allí el famoso Blanca Navidad, pero la psicóloga ya no tenía ojos ni oídos para nada que no fuera Miguel. Él también la había visto y ya se estaba apresurando a levantar su congelado y famélico cuerpo de los cartones del suelo.

—¡Hola! Feliz Navidad —saludó Beatriz cuando se hubo aproximado lo suficiente.

El pintor arqueó las cejas con ironía. Odiaba las tradiciones religiosas, sobre todo cuando se basaban en el consumismo, y especialmente desde que él no tenía dónde ni con quién compartirlas. Beatriz controló el impulso de lanzarse a sus brazos y, mientras el silencio perduraba, se agachó a contemplar los lienzos que yacían justo al lado de Miguel. Al ver hacia dónde miraba la mujer, ahora él sí sonrió.

—Pintados con mis pinceles nuevos —comentó con orgullo mientras acariciaba con dedos morados el marco de uno de los cuadros.

Beatriz clavó la mirada en sus ojos y alzó una mano para tocar su barba, que estaba un poco manchada de escarcha. Midiendo la desesperación que su voz quería mostrar, para no delatarse, murmuró:

—Tengo una oferta que hacerte. ¿Vendrías conmigo a mi casa? Se trata de un cuadro para regalar.

Miguel se la quedó mirando, como sopesando si su amiga estaba bromeando o no. ¿Por qué alguien con ese aspecto de abultada cuenta bancaria le pediría nada a un vagabundo? No dudaba de sus aptitudes como pintor, pero sí lo hacía de las intenciones de Beatriz. Probablemente la psicóloga le iba a ofrecer comida y una ducha caliente —otra vez—, además de una importante suma de dinero a cambio de su trabajo. Y él no era precisamente partidario de que le tuvieran lástima.

Ya iba a negarse cuando Beatriz empujó su barbilla e hizo que sus miradas se encontrasen. La bondad en sus ojos —y la belleza indudable de su rostro— disiparon todos los pensamientos del pintor, y se encontró a sí mismo asintiendo y recogiendo sus cosas para ir con ella.

Había pasado poco más de un mes desde que se encontraron en el hospital, y ese había sido tiempo suficiente para afianzar entre ellos una sólida amistad. Confiaban el uno en el otro por razones que ninguno de los dos alcanzaba a comprender, pero a ambos les gustaba la compañía mutua. Durante esas cinco semanas, Beatriz le había propuesto en incontables ocasiones que vivieran juntos, que le dejara ayudarlo. Miguel se había negado por activa y por pasiva; aunque gracias a la testarudez de la psicóloga habían llegado a pasar noches juntos, abrazados entre las mantas, en la calle. A pesar de que eso solo había sucedido un par de veces, eran suficientes para que Beatriz tuviera cada día más ganas de confesarle lo que sentía y de besarle los labios con tanta pasión como fuera capaz.

A pesar de ser una chica acomodada, no le repelía la suciedad de Miguel ni su situación. Todo de él le gustaba, incluidos su miedo a la soledad y su manía por no dejarse querer más de la cuenta.

—¿Cómo va la consulta? —preguntó el pintor mientras subían las escaleras hacia el primer piso.

Sabía que era psicóloga y, aunque no conocía nada sobre ese campo, lo cierto es que le interesaba el desenlace de cierto asunto del que Beatriz le había hablado. Ella lo sabía, por lo que no se anduvo con rodeos al responder.

—Javier ya no viene. Estuvimos hablando después de que intentara besarme y le dejé claro que no quería nada en ese sentido. El pobre estaba muy confuso.

Abrió la puerta de su piso y ambos entraron. Hacía un calor acogedor que se hundió en Miguel hasta los huesos y le hizo suspirar de placer. Todo olía a Beatriz, y aquello, sorprendentemente, lo hizo sentir como en casa.

—¿Por qué no querías nada con él? ¿Demasiada diferencia de edad?

Beatriz lo cogió de la mano y lo guio hasta su habitación. Era una estancia grande, con una cama de matrimonio en el centro. En una de las lisas paredes había colgado un cuadro. En él, Miguel había retratado a Beatriz durmiendo, a óleo sobre lienzo. El pintor miró a la terapeuta con los ojos llenos de lágrimas de emoción. Comprendió en ese momento que no había ninguna oferta entre manos: Beatriz quería que viera su habitación y lo había logrado.

Ella no respondió a su última pregunta hasta entonces:

—Hay otro hombre. O mejor dicho, espero que lo haya.

—¿Quién es él? —Miguel no sabía si ofenderse o sentirse halagado. Suponía que se trataba de él, pero ¿y si no?

—No lo sé. Solo sé su nombre y poco más. Aunque en realidad sí sé algunas cosas, cosas en las que la gente normalmente no se fija.

Se sentó en la cama, él la imitó y ella se tomó la libertad de acariciarle una mejilla mientras hablaba.

—Sé cómo respira cuando duerme. Sé de qué están hechos sus cuadros. Sé cuáles son sus pesadillas. Conozco el tacto de sus abrazos cuando empieza a nevar en las Ramblas y no quiere venir a casa conmigo. Sé cuándo algo le molesta por cómo aparta la mirada, y sé cuándo unas palabras le gustan por cómo le brillan los ojos.

—¿Ahora me brillan los ojos?

—Mucho.

—Quizá es que para mí también hay una mujer.

—¿Quién es ella?

Beatriz cesó las caricias y dejó caer la mano. El silencio se volvió a instalar entre los dos, pero Miguel comenzó a pasear las manos sobre el rostro de la mujer y dejó que sus dedos recorrieran el lienzo que llevaban semanas anhelando pintar. Y entonces, sus palabras rellenaron el silencio.

—No estoy muy seguro de quién es, pero puedo contarte quién consigue que sea yo. Me hace sentir vivo, menos desamparado, valioso, útil. Cuando está conmigo no me siento sin hogar porque ella deja que me albergue entre sus brazos. No me suele importar que no lo sepa porque en realidad yo nunca sería suficiente para ella, pero a veces me encantaría contarle cómo late de eufórico mi corazón cuando ella está cerca.

—¿Eres poeta además de pintor?

—Contigo como musa, podría serlo.

El corazón de Beatriz no cabía en sí de felicidad. Saltaba en su pecho como si quisiera salir e ir a buscar a aquel que tan rápido le estaba haciendo latir, a aquel corazón que le había enamorado. Casi en un impulso, se inclinó hacia Miguel, cerró los ojos y dejó que él siguiera. Le temblaba el labio inferior, pero eso no le importó al pintor cuando lo rozó con el suyo. Fue muy lento, pero a la vez tan rápido que a Beatriz se le olvidó cómo respirar. Se le olvidó su nombre. Se le olvidó todo excepto las ganas que siempre había tenido de catar su boca.

Y Miguel la besó. La besó despacio, pero anhelante. La besó como la noche quiere besar al día, como el Sol desea besar a la Luna, como los dedos de un guitarrista besan las cuerdas tras meses sin poder acariciarlas. Ella le correspondió como si se muriera de sed y sus labios fueran un oasis en medio del desierto, como si sus bocas fueran dos gotas de agua que se entremezclan durante una tormenta; lo besó como si nunca más pudiera volver a repetirlo, como si su pintor fuera a evaporarse, como si Miguel fuera un lienzo y la pintura estuviera a punto de acabarse.

Aquel día terminaba el año. Mientras ellos desataban su pasión entre las sábanas, el resto de la ciudad aguardaba las doce últimas campanadas. Pero ellos no necesitaban cena: se desnudaron con fervor y se devoraron. No necesitaban alcohol: el amor los embriagó y se emborracharon el uno del otro. No necesitaban uvas: Miguel le mordió doce veces el cuello, ella acarició doce veces su espalda. No les hizo falta familia, ni mesa alrededor de la que reunirse, ni tema de conversación. Solo ellos dos, sus cuerpos en la cama y el deseo de contarse muchas cosas pero sin hablar.

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