Qué bien lo pasamos anoche (relato)

Lo despertó un copo de nieve al caer sobre la punta de su nariz. Atontado, se incorporó y miró a su alrededor, preguntándose dónde estaba y, sobre todo, cómo había llegado hasta allí. Entonces, bajó la vista hacia su propio cuerpo y se descubrió a sí mismo envuelto en ropas destrozadas, deshilachadas. Apenas lo protegían del frío. Pero lo peor de todo era que estaban cubiertas de sangre. Le dolía mucho el cuerpo, así que se preguntó si aquella sangre sería suya.

A su lado yacía un periódico que sí recordaba haber comprado esa mañana, en caso de que aún fuera aquel mismo día. La fecha, 1 de enero de 2017, estaba manchada por un par de gotas de sangre. Algo le dijo que era la misma sangre que cubría casi cada centímetro de su ropa.

Se incorporó y, tambaleante, dio unos pasos hacia ninguna parte. Estaba rodeado de nieve y de la más absoluta quietud. No se veía a nadie más allí, ni ningún vehículo con el que pudiera haber llegado a aquel lugar. Giró sobre sí mismo varias veces, sin decidir hacia qué dirección empezar a caminar, y sin quererlo acabó mareándose y cayó de nuevo al suelo.

Sentado en la espesa capa de nieve, sus ojos se humedecieron por la angustia y, finalmente, se echó a llorar. No podía creerse que aquello estuviera sucediendo. ¿De quién era aquella ropa? ¿Y aquella sangre? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué estaba solo? ¿Qué había pasado después de la cena?

Recordaba haber bebido tras las uvas, quizá más de la cuenta, pero nada fuera de lo habitual. Recordaba haberse puesto el abrigo, la bufanda y un par de guantes y haber salido con la intención de acabar en alguna discoteca. Iba a encontrarse con sus amigos de la universidad, pero no estaba seguro de haber llegado a verlos.

En mitad de la confusión, una oleada de valentía le invadió el cuerpo y se volvió a levantar, pero esta vez echó a correr.

Desconocía cuánta distancia había recorrido, pero en algún momento la nieve se acabó y él entró en una avenida que no reconocía. Desorientado, caminó hasta que vislumbró en la siguiente esquina una figura masculina que no supo identificar en un principio, aunque conforme se fue acercando reconoció a un compañero de clase con el que nunca se había llevado particularmente bien. Íñigo. Parecía herido y débil, como si le faltara toda la sangre que a él lo manchaba.

—¿Se puede saber qué coño te pasaba anoche? ¿Por qué me hiciste… esto? —le espetó aquel muchacho, y se señaló a sí mismo. Tenía heridas espantosas en los brazos y en la cara, y él no quiso ni imaginar las heridas que habría bajo su ropa. Y hablando de su ropa… Estaba en el mismo estado que la suya: destrozada, como si un animal salvaje se hubiera dedicado a morder la tela hasta reducirla a nada.

—¿Qué ha pasado? —Su voz le sonó extraña, desconocida. Íñigo lo miró y soltó una risa que le produjo un escalofrío.

—¿No te acuerdas? Los dos acabamos aquí después de ir de bares. Te acercaste a felicitarme el año nuevo, supongo, pero nunca llegaste a hacerlo. Ibas muy borracho. Vimos que se acercaba un camión y en cuanto pudiste me empujaste a él. Querías matarme… y lo conseguiste. Pero yo tiré de ti y el camión nos arrolló a los dos. Estamos muertos, Abel.

¿Muertos? ¿Cómo podían estar muertos? ¿Qué camión? ¿Por qué había querido matar a Íñigo? Su compañero rio de nuevo y se encogió de hombros, como si estar muerto lo divirtiera muchísimo. Luego comenzó a acercarse despacio a él y, con una inquietante sonrisa, le dijo:

—Qué bien lo pasamos anoche.

 

De repente, despertó. Notaba la cara cubierta de sudor. A su lado, el reloj de la mesilla marcaba las siete de la tarde. La fecha era del día 1 de enero. Su cuerpo temblaba, por la resaca y por el frío, ya que se había dormido arropado solo por el periódico que compró antes de llegar a casa después de la noche de fiesta. Supuso que lo había estado leyendo hasta que el cansancio lo venció. Aún recordaba el sueño que acababa de tener, así que rápidamente se fijó en la fecha del periódico.

Había un par de gotas rojas sobre el papel.

Entonces, su móvil vibró. Desbloqueó la pantalla y se encontró con varios mensajes. La mayoría eran felicitaciones de nuevo año. En otros, algunos amigos le preguntaban dónde estaba, le hablaban sobre un atropello y le preguntaban si estaba bien.

El último mensaje que había entrado era de Íñigo: «Qué bien lo pasamos anoche, ¿verdad?».

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